Escrito por: Antonio Baeza, el Galgo
Empezaré a usar ese nombre ahora. Puede decirse que es mi nombre artístico o seudónimo; en Trueno Austral se me conoce así y quienes participan en el gremio del rock me ubican por ese apodo. Me pusieron así por mi contextura física y por mi desesperación al correr.
He querido aquí compartir la adaptación de un ensayo que escribí hace algun tiempo. Se trata de las ideas básicas que explican las motivaciones de muchas de mis acciones, creaciones o publicaciones, incluyendo mi participación en la instalación y gestión de este mismo medio, el humilde pero libre Aluvión.
LA APROPIACIÓN DEL INTELECTO
La apropiación del intelecto es el primer paso, necesario
hasta la médula, para la emancipación de los seres humanos y de todo ser vivo.
Luego viene la apropiación de la persona, de la comunidad y del conglomerado de
comunidades. Nada de lo anterior puede lograrse sin que cada uno de nosotros se
apropie de su intelecto.
Sin embargo, esta apropiación solo ocurre al interactuar con
otros, al vivir con otros, al compartir con otros. Es una apropiación
profundamente personal, pero no para privar al otro de lo mío, sino que para
entregar al otro lo que quiero entregarle sin que nadie me diga cómo
entregárselo. Se trata de un acto en el que se trae a primer plano, en total
plenitud, el papel y tintura del sujeto intelectual, del sujeto que propone, de
quien propone. Consiste en el
aprendizaje sostenido de un modo en el que hacerse-cargo
es uno de los elementos fundamentales. Pero ‘hacerse-cargo’ no se entiende sólo
como responsabilizarse, sino que
también como hacerse uno mismo el trabajo de ‘cargo’, vale decir, de traslado o
acarreo de lo que quiero hacer llegar a otro. Ello pues, al igual que en una
encomienda, sólo quien la envía puede sentir y asimilar el valor genuino de lo
que se quiere hacer llegar a la otra persona. Probablemente sólo quien lo envía
puede cuidar y llevar a cabo el envío de la mejor manera. El intelecto es una
cuestión de cartas entregadas por el mismo remitente.
Conocer e Intelecto
Conviene proponer la diferencia entre conocer e intelecto.
‘Conocer’ tiene que ver fundamentalmente con vivir. Se trata
de una actividad vital que ocurre, continuamente, una sola vez que dura toda la
vida, en el momento y lugar mismo de cada interacción del individuo con su
entorno o mundo. Se trata del acto mediante el cual se van definiendo o difuminando
las complejas relaciones que el individuo –sea humano, ameba o gato- viene
manteniendo, mantiene y mantendrá con cada elemento que distingue en el entorno
o mundo. Y se trata, por cierto, de un acto que imprime huellas en el sí-mismo,
en tanto unidad auto-referida y auto-distinguida.
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| ¿Qué hiciste con tu cuaderno en que registrabas tus apuntes o ideas? |
El ‘intelecto’, por su parte, tiene que ver con proponer. ‘Pro-poner’ puede entenderse,
al menos para este análisis, de acuerdo a la división mencionada. El prefijo ~pro suele sugerir adelantamiento,
avance, distinción –en el sentido ‘noble’ de la palabra-, privilegio, algo
superior pero no frente a otros sino que a sí-mismo. Algo que ha avanzado, que
viene avanzando pero desde su propio estado o tendencia anterior. ‘Poner’, por
su parte, es un humilde y simple verbo que expresa el otorgar posición a algún
elemento en alguna superficie o espacio.
Se diferencia de ‘dejar’, en tanto esta última palabra tiene un olor a
pasividad, olvido u omisión; poner es
un acto visible y activo, con cierto toque de voluntad y al menos una pizca de
esfuerzo físico o mental. Consiste también, por cierto, en otorgar a algún
elemento un lugar que no necesariamente le corresponde ni haya estado antes; un
acto que, al ocurrir, puede contribuir a mantener o modificar, siempre
activamente, un orden que viene operando.
Así pues, pro-poner puede implicar ese otorgar-posición-activamente con una actitud o característica de
adelantamiento, avanzada o mejoría, a partir de la acción en sí-misma. Dicho de
otro modo, el intelecto va describiendo la historia en que el
otorgar-posición-activamente va mejorando-se y adelantándose desde sí mismo y,
por cierto, mediante sí-mismo. El intelecto es poner algo en algún lugar,
continuamente, cada segundo mejor. Y la forma particular en que ese poner va
mejorando es, precisamente, poniendo. El
intelecto tiene que ver con proponer.
¿Cómo podemos pensar la relación entre conocer e intelecto?
Vale decir, en primer lugar, que no es posible, de manera alguna, el intelecto
sin conocer. No hay acto intelectual en
el que no se esté conociendo. Probablemente, sí puede haberlo al revés, una
especie de ‘conocer-pasivamente’ en el cual no se ‘pone’ algo sino que se
‘deja’ algo. La huella en el sí-mismo queda, pero no ha sido propuesta por el
sí-mismo. De hecho, la huella es la respuesta del propio sí-mismo frente a la
perturbación pero no ha sido, probablemente, la respuesta propuesta. El
intelecto describe aquellos momentos en que el conocer ocurre de modo activo,
de modo ‘pro-yectivo’, extendiendo líneas
delante de sí. Describe cuando la misma huella de lo que ya vino o lo que
viene ocurriendo es puesta y cada vez
mejorándose en ese poner. Y podemos aquí agregar una dimensión al concepto de
‘pro-poner’, en tanto es poner delante de
sí-mismo aquello que es propio a la huella de sí-mismo. Verse a sí mismo
delante de uno mismo. El intelecto es observar-se.
Apropiación y alienación
‘Apropiación’ es lo contrario a ‘alienación’.
Mientras lo último podríamos entenderlo como una especie de despojo o
enajenación, como el retiro, por parte de otro, de lo que te corresponde o a lo
que tú correspondes, la apropiación puede tener que ver con la recuperación o toma, en una actitud activa, de aquello que me corresponde y que me
fue quitado o privado. Es un derecho, a todas luces. En ciertos códigos
penales, aparece la figura de la ‘apropiación indebida’. Cabe considerar que
ello sólo tiene sentido en un sistema cultural donde se ha determinado quiénes
son los dueños de cada bien, cuáles son los modos legitimados de intercambio de
esos bienes y, sobre todo, de cómo ha de dividirse segregarse, entre la población, la calidad de
‘dueño’ de los mismos.
La apropiación es recuperación o toma, pero también es ejercicio. En el caso del intelecto, no
es algo que se recupera transaccionalmente; no se trata de un bien de consumo
que yo te quito para tenerlo o que, al intercambiarse, debe dejar de ser de
alguien para pasar a ser del otro.
Se trata de algo que debe practicarse
como propio continuamente pues, cada vez que se abandona, se ‘deja’ para
que otro –que no necesariamente será el otro fraterno- se apropie de él sin
querer compartirlo. Por tanto, la apropiación del intelecto es una actividad
continua y eterna, que se da mediante practicar el pro-poner, poniendo delante de sí mismo lo que ha
dejado huella en uno mismo, con una actitud de avanzada y mejoría constante
a partir de lo propio. Es por ello
mismo que es actividad continua y eterna. Y es preciso agregar: No hay avance del intelecto sin apropiación
del mismo.
| Harald Beyer, ícono de "los que saben" |
¿Quién nos ha privado del ejercicio del intelecto como
actividad propia? Las universidades, la consultoras, los expertos, los
relatores de capacitaciones expositivas y unidireccionales, los profesionales
que sacan al diálogo su título o grado académico para otorgar ‘peso’ a su
opinión sobre ciertos temas, los gobiernos, los críticos literarios con
tendencia a la evaluación, los hospitales, los gloriosos equipos de
investigación, los especialistas que salen en la tele, los profesores que ponen
malas notas, los músicos que se valorizan a sí-mismos y a los demás sólo a
partir de criterios técnicos y tecnológicos y, en general, las instituciones
que nos explican ‘cómo son las cosas’ y las personas que son invadidas por tal
institución y que, tristemente, ya vienen siendo despojadas y despojados de la
propiedad de su intelecto.
El crimen que ocurre en las creencias
No sería descabellado afirmar que la gran mayoría de las
injusticias que vivimos diariamente tienen lugar gracias a que no nos
apropiamos de nuestro intelecto.
Las variadas construcciones de mundo que han dado lugar a
las sociedades modernas y a esta especie de globalización ‘inconclusa’ en que
nos vemos envueltas y envueltos incluyen la delimitación y difuminado de un
considerable número de límites entre sus órganos. Tales construcciones son las
tablas de la ley donde viene grabado quiénes mandan y quiénes obedecen, qué es
lo bueno y qué es lo malo, cuál es nuestra tarea en el mundo y cuál es la de
otros. Ahora, estas distinciones se sostiene en una basal: La que indica quiénes saben y quienes no saben y que, por tanto,
deben aprender de los primeros. Se trata de una diferencia que implica un vaciamiento de saber por parte del
pueblo, de la cesión de la tutela del saber a una clase que luego será llamada
'cuerpo intelectual’. Y claramente, este abandono del propio saber, esta
supresión del yo-se y del yo-propongo, es la que nos aparta de la
participación en la configuración del mundo en que vivimos y en el que, a
menudo, padecemos, pues viene siendo construido a la medida de otros que, al parecer,
no piensan en nosotros.
Se suele hablar de la ‘fuente’
del ‘conocimiento’. Es una idea muy antigua y tradicional y podría tratarse
como un elemento particularmente importante en la construcción de la que se
habla en el párrafo anterior. Al hablar de ‘fuente’, mencionamos algo que esta ‘situado en’. Hablamos de algo que, al
estar en un lugar al que debemos ‘acceder’, es, por tanto, un lugar fuera de nosotros, una posición externa y absoluta. Luego,
serían solo algunos los que tienen la posibilidad de acceder a esa fuente y, en
su infinita bondad, transmitirían ‘los conocimientos’ a la población; aquella
élite, el ‘cuerpo intelectual’, que
ha encontrado la fuente llena de monedas de oro al final del arcoíris y que
tiene la facultad exclusiva de entender cómo deben extraerse las monedas de tal
recipiente.
El ‘conocimiento’, en vista de lo anterior, ha sido
históricamente situado en edificios, instituciones o grupos humanos. El Oráculo
en Grecia, el Monasterio para el mundo católico, la Universidad en la Edad
Media y hasta nuestros días, las Consultoras en nuestro actual neoliberalismo;
asimismo, se asocia, atribuye –y, por tanto, entrega- a los japoneses el
dominio de la innovación robótica y electrónica; a los alemanes, los estándares
de calidad; a los franceses, la teoría crítica, etc. Se establecen creencias,
incluso, acerca del ‘origen’ de ciertos conocimientos, cual hormigueros
especializados y, en la reiteración de ello, se funda y legitima la división
entre grupos ‘sabios’ y grupos ‘ignorantes’. Los últimos son los que deberán
aprender de los primeros, imitar los que a los sabios les ha resultado y, por
cierto, no intentar siquiera creer que sus creaciones o iniciativas propias
estén cerca de la altura de los ‘entendidos’ en el tema.
| ¿Por qué la Universidad "lo sabe todo"? |
No se trata aquí de vapulear la especialización. De hecho,
la especialización es un producto y,
a la vez, garante de la cooperación en los grupos humanos. No es necesario que
cada persona ‘sepa’ todo cuanto hay que saber en este mundo y realice todos los
oficios; eso requiere demasiado esfuerzo y años –probablemente más que lo que
el ciclo vital del ser humano suele durar- y, en cambio, es mucho más ventajoso
repartirse, dividirse y compartir las acciones que mantienen el curso de una
cultura. La especialización describe, por cierto, ese mismo proceso. Nada tiene
de malo que existan zapateros, médicos, carpinteros, músicos, choferes o
ingenieros; el médico permite que el carpintero se dedique a construir bien y
tenga buena salud, mientras el carpintero permite que el médico se desarrolle
en la curación y el cuidado del cuerpo y viva en una buena construcción. El
problema es otro: Es la profunda diferencia de valoración entre la que se
otorga al médico y la que se otorga al carpintero, por ejemplo. Es la asimetría
que ha venido tiñendo la especialización sin tener que hacerlo.
El paradigma de ‘conocimiento como algo situado’ ha sido
tierra de hoja para la formación y fortalecimiento de castas, proceso que ha
ensuciado y podrido la especialización.
Se ha venido rompiendo, desde hace muchos años, la simetría entre las distintas
acciones que distintos seres humanos realizan para mantener la sostenibilidad
de la vida en comunidad. Ello es, precisamente, porque se ha llegado a la idea
de que habría ciertos oficios –que
luego, para diferenciarlos, fueron llamados ‘profesiones’- que ‘se acercan más
al conocimiento’ que otros y que, por tanto, son más valiosos pues serían los
que ayudarían a ‘repartir’ el ‘saber’ por el mundo; resulta, luego, que son los
mejor remunerados y valorados. De hecho, es muy común escuchar un argumento que
racionaliza, por excelencia, el gozar de una posición cómoda en la estructura
económica: “Me partí el lomo estudiando 5 años, mínimo que ahora yo gane más
que quien no estudió”. Mucha gente se siente mal por haber estudiado una
carrera ‘profesional’ y luego ver que otra persona, que no estudió, percibe el
mismo ingreso, gana la misma cantidad de dinero o incluso más que ella o él.
Ese malestar surge, precisamente, de los significados que envuelven y amoldan la
concepción misma de trabajo; o se siente que quien estudió merece más, o que
quien no estudió merece menos. Es hasta en el mismo ámbito emocional en el que
se han arraigado aquellas premisas que sostienen y dan fundamento racional a la
desigualdad. Y es una desigualdad que se argumenta, por cierto, desde la idea
que mencionamos anteriormente: la división entre ‘quienes saben más’ y ‘quienes
saben menos’ o, lisa y llanamente, no saben.
| ¿De verdad merece menos salario que el médico? |
El sistema de creencias anteriormente expuesto tiene
consecuencias sustancialmente malignas e insensibles. De hecho, es una división
que produce algunos de los peores y más horribles productos del actuar humano;
tiene que ver con la desvalorización
asumida por los propios individuos que conforman la clase ‘de los que no
saben’. Durante unos buenos años, en Chile –y en varios lugares más de la
región y otros en el mundo- se ha convertido en un clásico el mandato que los
padres entregan a hijas o hijos cuando les persuaden para que tengan estudios
superiores: “Queremos que estudies para que seas
más que nosotros”. Yo recibí ese sermón de mis padres y puedo decir, con
toda propiedad, que es que es muy doloroso escucharlo. Todo quien mantiene un
vínculo medianamente cariñoso o cercano con sus padres sufre al escucharles
desvalorizados. Se trata de un atentado histórico contra la auto-realización,
elemento supremo de la plenitud humana, cuya ausencia genera profundos
malestares de frustración, angustia y pena, asociadas a la decepción que causa
mirar hacia atrás y ver una vida ‘sin éxitos’. La definición de ‘logro’ que las
sociedades y grupos dominantes han articulado y promovido mediante sus ventanas
–la prensa y la academia, entre otros- está, en primer lugar, extremadamente
sesgada en estándares precisos y caprichosos en lo físico, lo laboral y lo
económico y, en segundo lugar, directamente relacionada con la masiva ausencia
de éxitos que muchas personas perciben al mirar hacia atrás en su propia vida.
Es por ello que la alienación del intelecto es, en resumen, uno de los grandes responsables
del malestar y la tristeza humana.
Todos los empleos y actividades humanas debieran ser vistas,
tratadas y, por cierto, remuneradas en un único nivel. Ello, pues no están unas
más cerca que otras del conocimiento. Veámoslo, en cambio, de una forma muy
distinta: En todas las actividades humanas está presente el conocer.
El intelecto como lo reflexivo
El conocer es una actividad continua y vital que ocurre una
sola vez y durante toda nuestra permanencia en la tierra como ser vivo.
Sería bueno recordar la relación ya expuesta entre conocer e
intelecto. Quizás lo primero y más simple de decir es que no hay intelecto sin conocer y que toda manifestación de intelecto
ocurre en el conocer. Es probable, sin embargo, que sí ocurra al revés; vale
decir, que ocurra conocer sin que ello sea intelecto. Se trata de aquellas
veces en que el individuo no ‘pone’ sino que ‘deja’ algo. Pues bien, es esta
posibilidad de ‘conocer sin intelecto’ la que, precisamente, es la puerta y
condición de posibilidad para la dominación y sería, teóricamente, imposible de
suprimir. No es posible reducir a cero los espacios en que se asume un conocer
activo, pues ello sería, por ejemplo, renunciar a dormir, a relajarse, a
embriagarse, a contar y escuchar chistes y, en general, a variados momentos y
actividades en las que se disminuye la disposición de alerta en el individuo y
que, por cierto, son necesarios para un vivir sano y pleno. Sin embargo, hay
otras áreas en las que la ausencia o debilidad de un abordaje intelectual activo
ha venido permitiendo, desde hace bastante tiempo, la perpetuación de
relaciones de dominación y alienación.
Es necesario que traigamos a primer plano la noción de reflexión y pensar reflexivo. Se trata de una palabra que, tradicionalmente, se
ha asociado a lo ‘racional’ o a la idea de ‘pensar fríamente’, sin la
‘perturbación’ de lo ‘emocional’. En la historia de su uso hay huellas
inscritas en las que es posible ver la tendencia extendida y sostenida que se
mantuvo por siglos –y se sigue manteniendo- respecto a la separación entre
razón y emoción y el avasallamiento que la primera impone a la segunda; vale
decir, la emoción ha sido condenada por las creencias tradicionales a estar al
servicio de la razón y a ‘no molestarle en sus asuntos’. Para combatir lo
anterior, es preciso que aquí se exponga una visión distinta de lo reflexivo.
La escuela psicoterapéutica de Milán ha propuesto, en ese sentido, la idea de lo reflexivo como aquello que ocurre en
la experiencia humana cuando se atienden
y se relacionan, simultáneamente, aspectos emocionales, intelectuales y de
acción. Se trata de un triángulo en el que se entrelazan y ocurren
conjuntamente los tres aspectos, dándose las siguientes experiencias
subjetivas: pensar en lo que siento,
pensar en lo que hago, sentir que pienso y lo que pienso, sentir que hago y lo
que hago, hacer lo que pienso y hacer
lo que siento.
| La absurda separación entre lo emocional y lo racional; Premisa imperante en las teorías que nos venden humo hoy. |
Lo intelectual es, necesariamente, reflexivo. Luego, ningún
trazo de vivir puede considerarse genuinamente reflexivo si no ocurre alguna de
los fenómenos anteriormente listados; de lo contrario, se trataría de un modo
incompleto de madurar una idea o principio, una forma algo negligente de
abordar los asuntos que se hacen presentes en nuestro vivir. Sin embargo, al
parecer es precisamente ello lo que viene ocurriendo y siendo hegemónico en la
construcción, por parte de otros, de la sociedad en la cual la mayoría
padecemos. La confusión entre ‘lo
racional’ y ‘lo intelectual’ ha sido clave en los cursos que ha tomado lo
que se ha llamado “progreso”; suprimiendo el interés por lo emocional en las
personas y los pueblos, así como por la consecuencia entre discurso y acción,
se ha puesto ‘lo racional’ al servicio del desarrollo de tecnologías para
matar, para reprimir y para controlar el deseo y promover la producción y el
consumo por parte de las masas, en desmedro de su calidad de vida y su
realización. Se han planificado ofensivas militares, golpes de estado y modelos
económicos en función de argumentos y criterios fríos y muy alejados de una
comprensión de lo afectivo.
Sin ir más allá, la mirada positivista dominante aún en gran
parte de la ciencia del siglo XX y actual pretende una supresión de lo
emocional y todo lo que pueda considerarse “subjetivo” –todo es subjetivo;
incluso la objetividad misma vive de lo subjetivo- del diseño de sus
investigaciones, considerándole una especie de ‘perturbación’ o ‘estorbo’ no
deseable y perjudicial para sus resultados. Bueno, si bien es necesario
reconocer los innumerables avances que la ciencia ha desarrollado con el fin de
mejorar la calidad de vida y otorgar herramientas creativas y de apropiación a
las personas –el computador donde tecleo esto, por ejemplo-, hay que señalar
que la mayor parte de los recursos destinados a investigación científica son
orientados, por ejemplo, a la industria de armas, la industria farmacéutica y,
en general, a los aspectos de interés de grupos que buscan mantener la
concentración de poder –a partir de evitar el surgimiento de poder en la
asociación de las personas-, para lo cual necesitan estar muy alejados de lo
que puedan sentir las personas que serían usuarias, destinatarias o, incluso,
objetos de investigación. Para ello, el positivismo y lo no-reflexivo cabe como
anillo al dedo.
| La ciencia es bellísima. Algún día será liberada de la academia y será practicada en y por las comunidades. |
La ciencia, como disciplina de investigación en diversos
temas específicos, suele requerir dedicación, rigurosidad, responsabilidad y,
por todo lo anterior, especialización. Sin embargo, muchas veces tal idea es
confundida con una supuesta “necesidad” de la academia tradicional -rígida y
segregacionista- de la jerarquía como modo transversal de organizar tanto lo
académico como lo laboral en el rubro. Es allí donde cabe recordar que sí
existe la posibilidad de una especialización con simetría, que puede llevarse a
cabo avances en investigación y desarrollo sin necesidad de basar la
organización del trabajo en lógicas jerárquicas, verticales y, por ello, muy
sujetas a los caprichos de los niveles superiores. La ciencia es bellísima –va
mucho más allá del estereotipo positivista-; por ello, es preciso purificarla
de los vicios del llamado “progreso” y promover un giro de lo científico hacia
la apropiación. Más adelante, se propondrá un modo de instalar centros de
investigación y desarrollo a nivel comunitario, con el fin de descentralizar y
abrir el acceso a la formación y desempeño científico. Necesitamos espacios
para realizar ciencia reflexiva.
Lo reflexivo, en base a los fenómenos antes indicados –pensar en lo que siento, pensar en lo que
hago, sentir que pienso y lo que pienso, sentir que hago y lo que hago, hacer
lo que pienso y hacer lo que siento-
puede ampliar la complejidad de su avance en cuanto intelecto –que al
observar-se, va avanzando en su ejercicio mismo- a partir de la formulación de
fenómenos reflexivos en otro nivel: pensar
en lo que siento mientras hago algo, pensar en lo que hago cuando siento algo,
sentir lo que hago mientras pienso, sentir que pienso y lo que pienso respecto
a lo que hago, hacer algo pensando en lo que siento, hacer algo sintiendo que
pienso lo que hago y cómo lo hago, y así puede seguir ampliándose la lista
de sucesos. Todo ello ocurre cuando el intelecto está operando genuinamente y
no responde pasivamente al pensar en otros. Ejercitar lo reflexivo es posible y
simple, pues basta proponérselo para ya realizar un primer acto. El llamado es,
por tanto, a mantener un modo en el vivir –en persona y en comunidad- en que se
mantenga la apropiación del intelecto.
Un
camino colectivo hacia la apropiación
La apropiación del intelecto es un problema colectivo y
político a ser abordado.
Es preciso subrayar que ‘lo político’ ha de entenderse de
manera mucho más amplia que lo que dicta la creencia común, responsable de un
masivo rechazo a la palabra. No se trata de pelear puestos en el congreso, ni
de unirse a partidos políticos ni, mucho menos, postular a manejar un gobierno.
Todo ello es parte de una acepción banal de ‘política’. ‘Lo político’ es abordar colectivamente la resolución de
asuntos de interés colectivo. Tiene lugar en un país, en la relación entre
países, así como en una ciudad. Pero tiene también lugar en un hogar, en un
curso de escuela, entre bandas musicales, en un barrio e, incluso, en las
relaciones amorosas.
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| Hernán Curiñir, historiador local del Wallmapu. La historia ha de ser pensada por quien la vive. |
La alienación en las personas, incluyendo claramente la
alienación del intelecto, tiene lugar a partir de sucesos y tendencias
históricas que han propiciado la emergencia de ciertos conjuntos de creencias y
prácticas. En el caso de la política, claramente los imaginarios populares de
rechazo a la palabra y la idea están asociadas a una cesión del derecho a decidir sobre lo colectivo; las nociones
tradicionales acerca de ‘lo político’ que vienen rondando en nuestro vivir
cotidiano tienen que ver con la alienación del intelecto, con la creencia
generalizada de que serían quienes ocupan los puestos de mando los que “saben”
lo que hay que hacer con ‘todos’. Y es
así como, básicamente, se entrega gran parte del control de la vida a una
institución que se funda retóricamente en el pueblo pero que, en su práctica,
sólo opera a partir de intereses de cúpulas.
Un camino hacia la apropiación debe ser un camino social y
político. Como se dijo anteriormente, debe partir en la emancipación del
individuo, en quien residen importantes bastiones de la dominación, los cuales
funcionan como policía interna, llevándonos a auto-castigarnos y a censurarnos
por leyes no genuinas. Sin embargo, la emancipación del individuo y la
emancipación colectiva se necesitan mutuamente. El proceso en que esa ayuda
mutua ocurre es, precisamente, en el ejercicio genuino de lo político. Ello
implica, entre otras cosas: Recuperar la creencia del derecho a ejercer lo
político; limpiar lo político de deseos de lucro, de fama o de tiranía;
comprender lo político como algo que no depende de los partidos políticos;
dejar de otorgar autoridad moral a las cúpulas políticas respecto a la guía de
lo colectivo –lo cual parte en cuestionar las propias creencias encalladas- y
de la definición teórica y práctica de lo que habría que hacer para
emanciparse; comprender la mirada del otro –que sea explicable, que tenga lógica
y sea imaginable como experiencia en el vivir que se supone en otro- que es
considerado enemigo o contrario, sin que eso exija dejar de estar en desacuerdo
ni otorgar juicio a su postura; y, en general, tener claridad acerca de una
idea de vivir colectivo e individual anhelado, idea que pueda irse ampliando y
cuestionando en el camino y que, sobre todo, sea alcanzada mediante un operar
colectivo genuino, limpio y propio.







