Escrito por: Nemo
Así pasaron algunos años, hasta que en la escuela conocí a una compañera que siempre andaba con su estuche de maquillaje, y con una gracia superior a la de mi primera mentora, borraba imperfecciones faciales, resaltaba parte de su belleza y cambiaba sus emociones con un toque de base y polvos compactos. Ella me comprendió y me acogió en su mundo cosmético, convidándome sus maquillajes, los que utilizaba en el baño oculto que había, durante los recreos. Era entretenido el acto de cambiar mis rasgos: afinarlos, ocultarlos y destacarlos, como manera de expresar mi ser especial, para posteriormente destruirlo con un poco de agua y papel confort. Pero un día esto se truncó cuando el inspector general me pilló, viéndome horrorizado y llevándome a uno de los cubículos sanitarios... Luego de subirse el cierre me llevó arrastrando al lavamanos, me lavó la cara, y me dirigió a la oficina para hablar con mi madre por teléfono. Una hora después me miró con lágrimas en los ojos y me abofeteó.
Así pasaron los años, hasta que al salir de la media, esta amiga cosmética me invitó a salir a un local para bailar y "pasarla bien". En ese lugar, mientras danzaba al ritmo de "Blue Monday", se acercó alguien con mirada deseosa, deseosa de mí: me tomó, me besó y me anheló. Fue la primera vez. En su casa, al ir al baño, encontré una caja metálica muy llamativa por su brillo y colores. La curiosidad me ganó y la abrí: allí los colores fueron aún más llamativos en mi rostro. Mientras dormía él, mi cara sufrió una metamorfosis y me contemplé por varias horas. Vez que iba con él a su lecho, yo me transformaba cosméticamente, hasta que un día me descubrió...
(Continuará)
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