miércoles, 16 de julio de 2014

ENTRE SOMBRAS Y LÁPICES LABIALES: EL ORIGEN DEL ALTER EGO

Escrito por: Nemo


Siempre me llamó la atención que mi madre llevara a todas partes su estuche de maquillaje, y que lo abriera para la situación que fuera: en matrimonios, en trámites diversos, en la fila para solicitar una hora o retirar la bolsa de leche Purita en el consultorio, o sólo para ir a comprar -o pedir fiado- el pan en el negocio de la esquina. Y más me llamaba la atención la gracia con que realizaba tal actividad, inclusive si ésta la ejecutaba en las micros o en el metro en el horario punta. Y como no, la imité. Pintarrajeándome la boca con sus lápices color ciruela o chocolate, "ruborizándome" los pómulos y delineándome los ojos cual Cleopatra del río Mapocho. Siempre lo hice oculto, pero un día me sorprendió ella, mi maestra, y sin emitir palabras lloró y me abofeteó.
Así pasaron algunos años, hasta que en la escuela conocí a una compañera que siempre andaba con su estuche de maquillaje, y con una gracia superior a la de mi primera mentora, borraba imperfecciones faciales, resaltaba parte de su belleza y cambiaba sus emociones con un toque de base y polvos compactos. Ella me comprendió y me acogió en su mundo cosmético, convidándome sus maquillajes, los que utilizaba en el baño oculto que había, durante los recreos. Era entretenido el acto de cambiar mis rasgos: afinarlos, ocultarlos y destacarlos, como manera de expresar mi ser especial, para posteriormente destruirlo con un poco de agua y papel confort. Pero un día esto se truncó cuando el inspector general me pilló, viéndome horrorizado y llevándome a uno de los cubículos sanitarios... Luego de subirse el cierre me llevó arrastrando al lavamanos, me lavó la cara, y me dirigió a la oficina para hablar con mi madre por teléfono. Una hora después me miró con lágrimas en los ojos y me abofeteó.
Así pasaron los años, hasta que al salir de la media, esta amiga cosmética me invitó a salir a un local para bailar y "pasarla bien". En ese lugar, mientras danzaba al ritmo de "Blue Monday", se acercó alguien con mirada deseosa, deseosa de mí: me tomó, me besó y me anheló. Fue la primera vez. En su casa, al ir al baño, encontré una caja metálica muy llamativa por su brillo y colores. La curiosidad me ganó y la abrí: allí los colores fueron aún más llamativos en mi rostro. Mientras dormía él, mi cara sufrió una metamorfosis y me contemplé por varias horas. Vez que iba con él a su lecho, yo me transformaba cosméticamente, hasta que un día me descubrió... 

(Continuará)

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