Escrito por: Dardo (compartido de su blog "Resonancia")
Siempre creí que correr era la solución para controlar el tiempo,
organizarse y correr.
Planificar tu
día y hacerlo rendir al máximo, sin preocuparse por quedarse sin tiempo, pues
todo estaría organizado y contemplado en un esquema tan rígido como sólido, por
lo que este no podría salirse de ahí. No bastó mucho para darme cuenta de que
estaba equivocado. Siempre había un imprevisto, siempre, y ante eso yo me
sentía impotente. No era mucho lo que podía hacer, por lo tanto decidí tener un
esquema más amplio y dejar tiempos de sobra para cada actividad, así, en caso
de un suceso inesperado, podría cuadrar mis tiempos para realizar todas las
actividades que me había propuesto. Ciertamente funcionó e incluso me sobraba
tiempo en algunas ocasiones que podía aprovechar para realizar alguna otra
acción que no tuviese contemplada - era agradable sentirme así, libre de saber
que había hecho las actividades y de que el tiempo me sobraba -. Tal éxito tuvo
mi esquema, gracias a este mundo cada
día más regular, que el tiempo me comenzó a sobrar, ya no solo de manera ocasional,
sino que de manera constante; había días en que incluso alcanzaba a realizar
las tareas programadas para dos días.
Con el paso
del tiempo, el adelantar las tareas programadas se volvió una cosa cotidiana,
llegando a tal nivel que ya el 1ero de mayo ya había hecho las compras de los
arreglos de navidad para mi casa y el 3 del mismo mes ya había adquirido el
cotillón para año nuevo. En un momento me adelanté tanto al tiempo que llegué a
enojarme con mis amigos pensando que habían olvidado mi cumpleaños, cuando en
realidad aún faltaban 4 meses para eso. A pesar de todo, me sentía un ganador,
hacía lo que quería y el tiempo no era un impedimento para mí; le había ganado,
lo había superado. Yo fui mi tiempo, mi ritmo y mi canción escrita en mi propia
llave de sol que marcaba los tiempos que yo quería, cada vez más rápidos por
cierto. No distinguí noche de día y cada vez fueron menos las horas que dormía.
No me importaba, nada mejor que saber que tienes tiempo para hacer más cosas.
Corría mi propia carrera a mi ritmo y el tiempo no me lo impediría.
Veía a la
gente pasar en su lentitud habitual y no entendía cómo perdían tanto su tiempo.
Para entonces, yo ya había cumplido 5 años más en tan solo 21 meses, pero a
diferencia de los 5 años que cumple la gente normal, en mi cuerpo habían pasado
sólo las horas que correspondían a esa cantidad de meses. Quizás estaba un poco
más cansado, pero con años por delante que otros no tendrían.
A la edad de
40, ya había celebrado mi 63 cumpleaños y las actividades para entonces estaban
indefinidas; aún siendo yo, el hombre que logro controlar al tiempo, no podía
visualizar que sería de mi vida en 23 años más. Tuve mucho tiempo entonces, más
del que nunca pude soñar. Fue un sueño. Incluso regalé un poco a aquellos que
noté más necesitados que yo.
Las tardes
eran infinitas y la angustia de no tener nada que hacer me comenzaba a colmar.
Tenía mi vida arreglada para los siguientes 23 años ¿qué más necesitaba por
ahora? Nada. La contemplación se volvió un deporte y las horas las llene del
vacío de no hacer nada… Había hecho todo lo que quería hacer en los futuros 23
años ¿Qué más podría hacer ahora?... Pasaron y pasaron las horas interminables,
agobiantes, indiferentes y lapidarias. Fue entre una de esas horas cunado se me
ocurrió volver a ver mi muñeca, la cual no miraba desde que había terminado mis
actividades. Ahí estaba aún, igual que siempre, mi reloj de pulsera inmutable
en su haber, corriendo segundo a segundo sus horas, tal cual lo hizo en antaño.
Fue entonces cuando lo comprendí, y en un intento desesperado por hacer algo al
respecto, intenté hacer que las manillas del reloj girasen en sentido
contrario; Lo logré, más cada segundo pasó al mismo ritmo que si fueran para el
otro lado ¿Cómo no lo vi antes? ¡¿Cómo?!
El tiempo y su
andar nunca fueron míos, nunca los controlé; fui yo quien en mis ansias por
controlarlo fui controlado por el tiempo y superado. Creí que corriendo ganaría
la carrera, pero, aceptémoslo, el tiempo lleva corriendo mucho más tiempo que yo
y si él es el experto, yo no podría ser considerado más que un aficionado
¿Cómo no lo noté antes? Cómo no entendí que la única forma de derrotarlo es en
la quietud del todo, en la no espera de algún suceso y en la inmovilidad del
cuerpo, es la prescindencia de éste en donde el tiempo es derrotado; en un juego
de congelados es quien se mueve el que pierde, y si el tiempo tiene una virtud
es la de no dejar de moverse. No era ganarme a su lado lo que debí hacer, sino
dejarlo correr libre y sin que me importara su andar, ni sus horas, ni mi
actividad, ni su concreción. Solo así, realizando actos despreocupados de
tiempo, se podría domar este corredor, solo así podría haberlo utilizado cuando
me viniera en gana y no ser utilizado cuando a él le de la gana, que para
variar fue siempre. Solo en la despreocupación es en donde el tiempo será débil
y los momentos infinitos, como yo ahora en mi espera, solo que sin actividades
que hacer, sin gente que me acompañe en mi tiempo y con 63 años anunciando una
muerte.
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