jueves, 5 de junio de 2014

NO PAGUE DE MÁS ... NO PAGUE

 Escrito por: Grecko

 
 (compartido desde su blog "Punto de Vista Social's Club")

 
Cuando salí de la U; salí aliviado y exitoso. Por fin terminaba un proceso y entraba en otro más relajado, pensaba yo. Recuerdo el día de mi examen de grado, después de rendirlo, sólo quería dormir. Un tiempo más tarde, un correo llega y dice que mi Universidad informó mi egreso a la Comisión Ingresa (Organismo encargado de administrar el famoso Crédito con Aval del Estado o CAE) y que debo empezar a pagar pronto, un mes más. Es cierto, soy un endeudado del famoso CAE. La verdad, lo esperaba, y de hecho es lo correcto, después de todo, estudié, me titulé, trabajé y disfruto de lo que mi trabajo me ha dado.
 
Sin embargo, hubo un instante en el que me puse a reflexionar, en el que la neurona ética-política-moral-cuestionadora entró en funcionamiento en mi cerebro y pensé: “Hoy se habla de ‘grandes reformas’ de cambiar la ‘educación de mercado’ por una ‘justa’, de calidad, que integre, que dé oportunidades, y que elimine el lucro – prácticamente – de la faz de la tierra y… sin embargo ¿quién ha soltado una sola y mísera palabra para eliminar la aberrante forma en que muchos se endeudan, se endeudaron y endeudarán para educarse, mientras exista este famoso CAE? Puesto que, si hablamos de lucro y de la forma en que el Estado invierte sus recursos en Educación, el CAE es el peor de todos, porque, si usted no lo sabía, el funcionamiento tras bambalinas del CAE es un contrasentido económico perjudicial, macabro e imbécil para el Estado, en favor de la banca privada, un verdadero despilfarro legítimo y que a nadie en el poder le llama la atención. (Averigue bien)
 
Si se elimina el lucro, la educación es gratis y todo eso – me planteo en una inocente hipótesis de que así sea - quedará un gran resabio del antiguo sistema: nosotros los endeudados, no creo estar solo en esto. Y por endeudados, no hablo de los que tienen cuotas impagas, esos serán los menos, pero los habrá. Hablo de los que pagan y tienen que pagar. Por mi mente de endeudado pasan, entonces, los siguientes planteamientos, algo incómodos para algunos, obvios y casi desapercibidos para otros en razón de la normalidad que no poseo, ni quiero poseer. En fin, pasa lo siguiente: cuando tenga hijos, tal vez: aún tendré que pagar mi CAE; cuando esté enfermo, aún tendré que pagar mi CAE; cuando me quiera comprar una casa: tendré que pagar mi CAE; cuando me quiera tomar un año sabático y viajar por el mundo: aún tendré que pagar mi CAE. Cuando quiera estudiar, para profundizar mi conocimiento en mi área en Chile o el extranjero, altruistamente – espero –: aún tendré que pagar el CAE. ¡Qué cuático!
 
¡CAE!, ¡CAE!, ¡CAE!, ¡Me perseguirá 20 años de mi vida, de mi trabajo, de mi sueldo, de mi familia!, ¡ojalá! a un 10% de mi renta, por favor. Y, si alcanzó a pagar a tiempo mensualmente, será con una tasa de interés rebajada del 2%,  y si no, con una de casi un 6%, ¡Dios me libre! Lo dejaré de pagar cuando tenga 45 años, pero ¿quién cresta sabe si llegaré vivo a esa edad? Todas éstas cuestiones pasaron por mi cabeza y cuando pienso que también, quizás, querré comprar un departamento o una casa para vivir solo, o en pareja o con mi familia o con un gato, perro etc., ¡también tendré que endeudarme!, ¿y si me enfermo? – Dios no lo quiera – puede que sea lo mismo. ¡Espera un momento! Si lo pienso bien, mi libertad, mi propia vida, más allá de mi trabajo, como podría decir Karlitos Marx, la estoy vendiendo, por “libre” decisión, porque no sé cuánto tiempo de vida tengo, ni la calidad de vida que logre mantener y aun así ¿me endeudé?, o sea, es culpa mía. ¡Mierda! ¡La cagué!

Entonces, salió de mí un lado anarquista, rebelde con causa propia que dice: “No pagaré ni una hueá”. Y lo hablé con algunos de mis compañeros y compañeras deudores del CAE y les dije: ”No quiero pagar”, algunos me miraron con cara de “te estás cagando solo”, otros me dijeron derechamente “es tú problema, has lo que quieras”; otro me indicó “ eso es problema de las Ues privadas”. Sí, es cierto, en buena parte, yo estudié en una U privada, la UAH- muy buena a todo esto- y muchos teníamos ese “beneficio”, pero ¿y qué? Un buen tipo me dijo, razonablemente: “¿Estáy hueón?, ¿quieres perjudicar a tus viejos? Si no pagas, el banco cobra y les embargan a ellos” Ahí pensé en las innumerables artimañas legalistas que existen para que no embargaran a mis viejos, pero si lo hacía de todas formas alguien iba a ser afectado y yo tendría que pasar escondido, no tendría créditos para nada, estaría aislado económicamente, tendría “los papeles manchados” per secula seculorum. ¿Qué cresta hago?
 
Volví a replantearme, quizás tenga que pagar. Pero no, a ver, ¿y si nos organizamos y hacemos una marcha? ¿Un movimiento social? Los endeudados del CAE, porque – pensé - esto es una política pública pésima y abusadora que afecta a muchos; esto es algo que como ciudadanos deberíamos exigir: vivir libres, y que la educación siempre ha sido y es un derecho, el cual se nos está cobrando. En ese plan, alguien me dijo irónicamente: “’¿los profesionales? no creo que vayan, están ocupados trabajado para pagar el crédito”. Yo tenía esperanzas. Los que se endeudaron recién, - pensé - los estudiantes, me dijeron “están en asambleas en sus Universidades, hablando de cómo cambiar el sistema macro, de las utopías; entre amarillos, fachos y ultras, no les importa si tienen que pagar… aún. Marchan, pero siguen pagando, están en otra volá”, aún tenía esperanzas. Las tenía porque dediqué mi estudio y 5 años de mi vida - menos mal, porque si no debería más - a estudiar cómo poder hacer de la vida de la comunidad algo mejor, lo típico: aportar a la sociedad. Todo esto desde una de las disciplinas de las Ciencias Sociales como el Trabajo Social. Un buen géminis soñador, como me dijeron por ahí. 
 
Mis esperanzas eran enérgicas, hasta que un día en la mañana, desperté motivado para emprender el rumbo hacía lo que en mi mente sería en una manifestación ciudadana virtual por Facebook (Sí ¿y qué?). Fui al baño, tomé un mate, prendí la tele y justo estaban entrevistando a una señora, acerca de la alza de precios del Transantiago, en 10 pesos, ella dijo: “Así es Chile ¿qué le vamos a hacer?, hay que echárselo al hombro.” Luego, dos personas más repitieron lo mismo, unos les echaban la culpa a otros, los que no pagaban y el “¿qué le vamos a hacer?” se repitió muchas veces y con eso mis esperanzas murieron. Y murieron bien muertas, porque si por 10 pesos cotidianos por 5 días, que son 100 pesos semanales, 400 pesos mensuales, 4800 pesos anuales por cada uno de una familia trabajadora, nos echamos al hombro como si nada ¿qué serán $16.800.000 a 20 años plazo, es decir $70.000 mensuales, o $2400 diarios, o $100 por hora, si es que pago en los plazos? Un poco más difícil, pero total es el problema de uno, de un bolsillo de otro, de una vida, de alguien que tiene un trabajo, de la libertad de otro, de otra familia. 
 

Así que, no. No pague de más… no pague… atrasado.

lunes, 2 de junio de 2014

SOBRE EL TIEMPO

Escrito por: Dardo (compartido de su blog "Resonancia")
 
 
 
Siempre creí que correr era la solución para controlar el tiempo, organizarse y correr.
 
 
Planificar tu día y hacerlo rendir al máximo, sin preocuparse por quedarse sin tiempo, pues todo estaría organizado y contemplado en un esquema tan rígido como sólido, por lo que este no podría salirse de ahí. No bastó mucho para darme cuenta de que estaba equivocado. Siempre había un imprevisto, siempre, y ante eso yo me sentía impotente. No era mucho lo que podía hacer, por lo tanto decidí tener un esquema más amplio y dejar tiempos de sobra para cada actividad, así, en caso de un suceso inesperado, podría cuadrar mis tiempos para realizar todas las actividades que me había propuesto. Ciertamente funcionó e incluso me sobraba tiempo en algunas ocasiones que podía aprovechar para realizar alguna otra acción que no tuviese contemplada - era agradable sentirme así, libre de saber que había hecho las actividades y de que el tiempo me sobraba -. Tal éxito tuvo mi esquema, gracias  a este mundo cada día más regular, que el tiempo me comenzó a sobrar, ya no solo de manera ocasional, sino que de manera constante; había días en que incluso alcanzaba a realizar las tareas programadas para dos días. 
 
Con el paso del tiempo, el adelantar las tareas programadas se volvió una cosa cotidiana, llegando a tal nivel que ya el 1ero de mayo ya había hecho las compras de los arreglos de navidad para mi casa y el 3 del mismo mes ya había adquirido el cotillón para año nuevo. En un momento me adelanté tanto al tiempo que llegué a enojarme con mis amigos pensando que habían olvidado mi cumpleaños, cuando en realidad aún faltaban 4 meses para eso. A pesar de todo, me sentía un ganador, hacía lo que quería y el tiempo no era un impedimento para mí; le había ganado, lo había superado. Yo fui mi tiempo, mi ritmo y mi canción escrita en mi propia llave de sol que marcaba los tiempos que yo quería, cada vez más rápidos por cierto. No distinguí noche de día y cada vez fueron menos las horas que dormía. No me importaba, nada mejor que saber que tienes tiempo para hacer más cosas. Corría mi propia carrera a mi ritmo y el tiempo no me lo impediría. 
 
Veía a la gente pasar en su lentitud habitual y no entendía cómo perdían tanto su tiempo. Para entonces, yo ya había cumplido 5 años más en tan solo 21 meses, pero a diferencia de los 5 años que cumple la gente normal, en mi cuerpo habían pasado sólo las horas que correspondían a esa cantidad de meses. Quizás estaba un poco más cansado, pero con años por delante que otros no tendrían. 
 
A la edad de 40, ya había celebrado mi 63 cumpleaños y las actividades para entonces estaban indefinidas; aún siendo yo, el hombre que logro controlar al tiempo, no podía visualizar que sería de mi vida en 23 años más. Tuve mucho tiempo entonces, más del que nunca pude soñar. Fue un sueño. Incluso regalé un poco a aquellos que noté más necesitados que yo.
 
Las tardes eran infinitas y la angustia de no tener nada que hacer me comenzaba a colmar. Tenía mi vida arreglada para los siguientes 23 años ¿qué más necesitaba por ahora? Nada. La contemplación se volvió un deporte y las horas las llene del vacío de no hacer nada… Había hecho todo lo que quería hacer en los futuros 23 años ¿Qué más podría hacer ahora?... Pasaron y pasaron las horas interminables, agobiantes, indiferentes y lapidarias. Fue entre una de esas horas cunado se me ocurrió volver a ver mi muñeca, la cual no miraba desde que había terminado mis actividades. Ahí estaba aún, igual que siempre, mi reloj de pulsera inmutable en su haber, corriendo segundo a segundo sus horas, tal cual lo hizo en antaño. Fue entonces cuando lo comprendí, y en un intento desesperado por hacer algo al respecto, intenté hacer que las manillas del reloj girasen en sentido contrario; Lo logré, más cada segundo pasó al mismo ritmo que si fueran para el otro lado ¿Cómo no lo vi antes? ¡¿Cómo?!
 
El tiempo y su andar nunca fueron míos, nunca los controlé; fui yo quien en mis ansias por controlarlo fui controlado por el tiempo y superado. Creí que corriendo ganaría la carrera, pero, aceptémoslo, el tiempo lleva corriendo mucho más tiempo que yo y si él es el experto, yo no podría ser considerado más que un aficionado ¿Cómo no lo noté antes? Cómo no entendí que la única forma de derrotarlo es en la quietud del todo, en la no espera de algún suceso y en la inmovilidad del cuerpo, es la prescindencia de éste en donde el tiempo es derrotado; en un juego de congelados es quien se mueve el que pierde, y si el tiempo tiene una virtud es la de no dejar de moverse. No era ganarme a su lado lo que debí hacer, sino dejarlo correr libre y sin que me importara su andar, ni sus horas, ni mi actividad, ni su concreción. Solo así, realizando actos despreocupados de tiempo, se podría domar este corredor, solo así podría haberlo utilizado cuando me viniera en gana y no ser utilizado cuando a él le de la gana, que para variar fue siempre. Solo en la despreocupación es en donde el tiempo será débil y los momentos infinitos, como yo ahora en mi espera, solo que sin actividades que hacer, sin gente que me acompañe en mi tiempo y con 63 años anunciando una muerte.